Cuando el más gallito terminó brincando la barda: la dulce venganza contra Kevin
¿Quién no ha conocido a ese típico compañero de trabajo que se siente el más valiente, el más fuerte, el que no se le arruga ni el pantalón? En toda oficina, taller o fábrica siempre hay un “Kevin”, ese que presume de ser invencible pero que termina siendo el protagonista de la anécdota más graciosa. Hoy te traigo una historia tan sabrosa como una empanada recién salida del horno, donde el ingenio latino supera a los músculos y el más bravucón termina cruzando la barda… ¡literalmente!
Prepárate para reír y reflexionar, porque la venganza, cuando es pequeña pero bien pensada, sabe mejor que un café con pan dulce en la sobremesa.
La fábrica, el bravucón y el reto
Corrían los años noventa y, como en muchas fábricas latinoamericanas, el ambiente era una mezcla de camaradería, chisme de pasillo y ese compañerismo que solo se da cuando sudas la gota gorda codo a codo. Nuestro narrador, en sus veintes y trabajando con su hermano, se topó con un joven flacucho, pero de esos que tienen la boca más grande que el cuerpo: Kevin.
Kevin, como buen “gallito”, se llenaba la boca diciendo que podía ganarle una pelea a cualquiera, y no tardó en apuntar a nuestro protagonista. Así, en pleno descanso y con la mirada de todos los compañeros, se animó a decirle en la cara: “Te gano fácil en una pelea”.
Pero aquí es donde la historia da un giro digno de cualquier novela de Juan Rulfo o serie mexicana de comedia. El narrador, sabiendo que una pelea de verdad le costaría el trabajo (y con justa razón, porque nadie quiere perder la chamba por culpa de un bocón), decide darle una lección memorable, pero sin mancharse las manos.
El plan maestro: el ingenio latino a la orden
Aceptó el reto, para sorpresa de todos. “Va, vamos afuera y nos damos”, dijo, y le pidió a Kevin que lo esperara en el patio detrás de la fábrica. Kevin salió inflado como pavo real, seguro de que sería su momento de gloria.
¿Cuál fue el siguiente movimiento? El narrador, en lugar de salir al patio, cerró con llave la enorme puerta de la fábrica y luego aseguró la entrada principal. Kevin, el muy valiente, quedó atrapado en el patio, sin forma de regresar, más que brincando la barda o pasando por la recepción… ¡y el despacho del jefe!
Imaginen la escena: Kevin, sudando frío, trepando la reja como si fuera ladrón y luego teniendo que pasar por la oficina del gerente, donde le tocó explicar por qué estaba ahí. Si esto no es justicia poética, no sé qué lo sea. Como dijo un usuario en los comentarios: “Pobre Kevin pensó que era una pelea de puños. Por eso perdió”.
Comentarios que valen oro: la voz del pueblo
Esta historia se viralizó rápidamente, y los comentarios no se hicieron esperar. Uno de los más populares lo resumió de maravilla: “Trajo los puños a una batalla de inteligencia”. En Latinoamérica decimos algo parecido: “No traigas cuchillo a una pelea de pistolas”, y Kevin claramente llegó desarmado.
Otro usuario soltó la carcajada con: “Kevin fue a una batalla de cerebros y perdió por ausencia”, una frase que bien podríamos escuchar en cualquier sobremesa familiar. Y por supuesto, no faltó quien dijera: “Sigue hablando, brinca-cercas”, porque aquí, si algo sabemos hacer, es poner apodos según la ocasión.
Hasta el propio narrador aclaró que fue en sus veintes, no en sus “dos años”, porque más de uno bromeó con la idea de un niño de dos años trabajando en la fábrica, algo que nos remite a los clásicos memes de “cuando yo tenía tu edad…”.
De bravucón a humillado: lecciones del día a día
Lo mejor de todo es que después de ese día, Kevin no volvió a decir ni pío. Pasó semanas con la cara baja, y aprendió que en la vida, más vale tener maña que fuerza. En muchos trabajos de Latinoamérica, donde el respeto se gana más por la astucia que por los gritos, esta historia es el ejemplo perfecto de cómo la inteligencia puede más que los músculos.
Además, ¿quién no ha querido alguna vez darle una lección así de elegante a un compañero bocón? La venganza, cuando es ligera y sin mala leche, se disfruta doble y se recuerda toda la vida.
Y tú, ¿qué hubieras hecho?
Historias como esta nos recuerdan que la vida en el trabajo está llena de momentos únicos y de personajes inolvidables. ¿Te ha pasado algo parecido? ¿Conoces a algún “Kevin” que terminó aprendiendo la lección a la mala? Cuéntanos en los comentarios, comparte tu anécdota o simplemente ríete con nosotros. Porque al final, todos hemos sido testigos —o protagonistas— de un buen “brinca-cercas”.
¿Quieres más relatos de venganza pequeña y humor de oficina? ¡Déjanos tu historia o tu comentario! Aquí, el ingenio manda y la risa nunca falta.
Publicación Original en Reddit: Kevin by name & Kevin by nature