Cuando el jefe te dice “cállate y haz lo que te digo”: Venganza con salsa, estilo restaurante latino
¿Quién no ha trabajado alguna vez en un restaurante familiar donde la palabra “familia” es más una amenaza encubierta que un verdadero ambiente de apoyo? Si eres latinoamericano, seguramente reconoces el clásico “aquí todos somos familia”... que en realidad significa: “te exploto con confianza, pero sin aumento”. Hoy te traigo una historia digna de mesa redonda en cantina, donde una simple botella de kétchup se convirtió en el epicentro de una guerra fría laboral y, de paso, en una lección de venganza que ni en las mejores novelas de Televisa.
El arte de sobrevivir en un restaurante “familiar”
Trabajar en restaurantes, ya sea en México, Argentina, Colombia o Perú, es de por sí un deporte extremo. Entre horarios maratónicos, clientes que creen que eres su psicólogo y jefes con menos tacto que un cactus en la playa, el estrés se sirve en plato grande. El protagonista de nuestra historia, como muchos de nosotros, empezó ilusionado en un restaurante turístico dirigido por una familia—o al menos eso decían.
El gerente, Mike, era el típico jefe duro de pelar: serio, cero plática y con cara de pocos amigos. Pero la joya de la corona era Kelsey, la subgerente. Imaginen a esa persona que siempre encuentra un pretexto para escaparse a fumar, mientras a ti te niegan hasta ir al baño, y encima te regaña porque “no sigues las reglas”. En Latinoamérica, diríamos que Kelsey era la clásica “jefa de pasillo”, la que se siente dueña del changarro aunque sólo tenga el título de asistente.
La guerra del kétchup: ¿Ramequines o botellas?
Un día, el protagonista estaba haciendo lo que en la jerga restaurantera se llama “casar botellas”. Sí, eso de unir la salsa de una botella casi vacía con otra para ahorrar espacio y tiempo, una práctica tan común que hasta en las fondas de la esquina la han hecho. Pero Kelsey lo vio y estalló: “¡Eso es una violación al código de salubridad! Aquí se rellenan ramequines uno por uno, ¿entendiste?”. Imagínate la paciencia que hay que tener para llenar decenas de esos mini vasitos (que en el norte llaman “ramequines” y en otros lados, simplemente pocillos o “cositas pa’ la salsa”).
La comunidad latina seguro se identificará: ¿quién no ha escuchado órdenes contradictorias de un jefe, mientras el resto hace lo que le da la gana? Como comentó un usuario en Reddit (y aquí lo adaptamos a nuestro idioma): “¿Por qué uno tiene que seguir la regla estricta y los demás no? Eso sí es tener favoritos”.
Pero lo mejor es que el gerente, Mike, al escuchar la queja, simplemente le dijo: “Cállate y haz lo que te dice tu jefa, aunque sea diferente a los demás”. ¡Qué joya de liderazgo! En ese momento, nuestro protagonista supo que era el momento de aplicar la “venganza pasivo-agresiva” que tanto nos gusta relatar en sobremesa.
La venganza del ramequín: Más salsa que tacos en feria
La noche siguiente, el protagonista reunió a sus compañeros y les pidió que le trajeran todas las salsas posibles: kétchup, mostaza, mayonesa, salsa BBQ, A1... todo lo que tuviera etiqueta y se pudiera untar. Pasó horas llenando más de 100 ramequines, sin etiquetas, sin orden, solo caos puro. Los dejó en un enorme recipiente de metal, junto con una nota que decía: “Solo hago lo que me dicen”.
Al día siguiente, renunció. Y aunque no lo vio, le contaron que la montaña de ramequines terminó casi toda en la basura, con Mike furioso y sin poder hacer nada. En palabras de un comentarista que adaptamos con sabor local: “La cantidad de tonterías que pasan en restaurantes no tiene fin. Después de esto, odio la palabra ‘ramequín’ más que el bolero de los lunes”.
Además, otro usuario agregó entre risas: “¿Así que ese es el verdadero nombre de esos vasitos para la salsa? Yo les decía ‘copitas de aderezo’”. Y sí, en cada país de Latinoamérica tienen un nombre distinto, pero el hartazgo es universal.
Comentarios de la comunidad: Entre risas y traumas restauranteros
Lo más divertido de esta historia es cómo la comunidad de Reddit reaccionó. Muchos ex trabajadores de restaurantes compartieron anécdotas similares, como cuando los jefes aplican reglas absurdas solo para algunos, o cuando llenar pocillos se convierte en el castigo favorito. Incluso hubo quien recordó que “casar botellas” puede ser un problema de salubridad, pero en la práctica, nadie lo cumple al pie de la letra… porque, seamos sinceros, la vida en la cocina es una mezcla de improvisación y sobrevivencia.
Un usuario, con un humor muy latino, comentó: “Yo sólo quiero decir que después de trabajar en restaurantes, nunca vuelvo a pedir salsa si no es en sobre cerrado”. Y otro remató: “Nada como prenderte un cigarro después de una larga ida al baño, ¿verdad Kelsey?”
En fin, la moraleja es clara: en los restaurantes (y en la vida), cuando las reglas se aplican solo para algunos, la creatividad del empleado latinoamericano no tiene límites. Y si alguna vez te dicen “cállate y haz lo que te digo”, recuerda que siempre puedes dejar tu huella… aunque sea en forma de 100 ramequines huérfanos.
¿Te ha pasado algo parecido?
¿Tienes historias de jefes absurdos, reglas ilógicas o venganzas épicas en el trabajo? ¡Cuéntanos en los comentarios! Porque, como buenos latinos, sabemos que si no lo contamos, ¡no se goza igual!
Publicación Original en Reddit: Tell me to shut up and do as im told? Mkay