Cuando el jefe quiere “flexibilidad” pero sólo para ellos: la dulce venganza de una trabajadora ejemplar
¿Alguna vez has sentido que en tu trabajo las reglas sólo aplican para los empleados, pero nunca para los jefes? Seguro que sí. Pues la historia de hoy es tan sabrosa como un buen café de media tarde: una contadora en una empresa contratista del gobierno demostró que cumplir las reglas al pie de la letra puede ser el arma más poderosa contra la mala gestión.
Prepárate para conocer cómo el “cumplimiento malicioso” se volvió la receta secreta para poner a la gerencia en su lugar, y de paso, darle una lección que muchos soñamos con aplicar en nuestras propias chamba.
El origen del caos: nuevas reglas, viejos problemas
Todo comenzó en una oficina donde, como en muchas empresas latinoamericanas, el regreso al trabajo presencial tras la pandemia fue una mezcla de miedo, resignación y caos logístico. Nuestra protagonista —una contadora con años de experiencia y una paciencia digna de santo— trabajaba en una modalidad híbrida, pero con el constante “favor” de tener que cubrir más horas en la oficina, según caprichos de la gerencia.
Como buena chilanga (o regia, o tica, ¡pónle el gentilicio que prefieras!), ella sabía que el tráfico es el verdadero jefe de la ciudad. Por eso, había negociado con su jefe para entrar a las 7 y salir a las 3, evitando así perder hasta dos horas diarias atorada en el tráfico infernal. Pero ya sabes cómo son los jefes que sólo conocen el “manual del buen líder” de memoria: un día, anunciaron que todos debían cumplir con “horario núcleo” de 8 a 4, y además aumentar los días presenciales.
Nuestra contadora, con la astucia de quien ha sobrevivido a más de un aguinaldo sin aumento, les advirtió: “Si me hacen perder horas en el tráfico, ya no podré ser flexible para trabajar horas extra en la noche o el fin de semana”. La respuesta fue el clásico “¡Sé una jugadora de equipo!”, como si “equipo” significara trabajar gratis cada vez que lo piden.
Cumplir las reglas... pero al pie de la letra
El verdadero chismecito empieza cuando la contadora decide aplicar la ley al revés: si quieren “cumplimiento”, pues habrá cumplimiento, pero sin poner ni un minuto de más. Así, cuando el reloj marcaba las 4 en punto, ella salía disparada de la oficina y, por supuesto, quedaba atrapada en el tráfico. Ya no llegaba a la junta virtual del final del día —una de esas reuniones que, dicho sea de paso, siempre terminan siendo “para nada” y sólo sirven para que los jefes se escuchen a sí mismos.
¿La reacción de la gerencia? Sorpresa e indignación. Pero ella, como buena abogada de sí misma, guardó todos los correos donde los jefes insistían en el nuevo horario. “No puedo controlar el tráfico”, les decía, “y si quieren que esté en la junta, tendré que regresar a mi horario anterior… o que me paguen horas extra”.
¿Adivinas qué pasó? Le permitieron volver a su horario antiguo “para mejorar la cohesión del equipo”. Eso, o el pánico de que no salieran los números a tiempo les abrió los ojos.
Cuando el remedio sale peor que la enfermedad
Por si fuera poco, hace poco la gerencia decidió que, a partir de ahora, todas las horas extra debían ser aprobadas previamente por el jefe directo. ¿Qué hizo nuestra heroína? Lo que haría cualquier latino cansado de la explotación disfrazada de “familia laboral”: al llegar su hora de salida, decía “¡Hasta aquí llegué!” y se desconectaba de la reunión, sin importar si la conversación seguía o si faltaba cerrar algún pendiente. “No tengo horas extra aprobadas, así que me voy”, soltaba con la frescura de quien sabe que cumple la ley.
Pronto, otros compañeros siguieron su ejemplo. La productividad del equipo se vino abajo, la gerencia empezó a desesperarse y a preguntar por qué no estaban listos los reportes de fin de mes. La respuesta fue tan clara como un mariachi en plena serenata: “No hubo horas extra aprobadas, así que dejamos de trabajar para cumplir la nueva política”.
Como dijo un usuario en los comentarios de la publicación original: “Qué delicia ver cómo se desconecta de la junta en punto. ¡Una leyenda!”. Otro bromeó: “Así se evita el robo de salario; no pagas, no trabajo”. Y no faltó quien dijera: “En mi trabajo dicen que somos una familia, pero parece familia de las novelas… puro drama y nada de apoyo”.
Reflexión: ¿De quién es la flexibilidad?
Lo más jugoso de esta historia es que no se trata sólo de una oficina en el Reino Unido o en México, sino de una realidad que se vive en todo el mundo hispanohablante: empresas que exigen flexibilidad, pero sólo cuando les conviene. Como bien comentaron varios usuarios, “las horas núcleo existen para dar flexibilidad, no para quitártela”, y “el verdadero equipo se logra cuando la flexibilidad es pare pareja”.
Y ojo, la historia tiene un trasfondo que muchos reconocerán: la empresa llevaba meses sin cubrir una vacante, sobrecargando aún más al equipo. “Yo me fui de mi trabajo por la falta crónica de personal”, confesó una comentarista, reflejando el sentir de tantos empleados hartos de que la “familia” sólo sea un discurso bonito.
En resumen: la flexibilidad es como el pozole, si sólo tú la disfrutas, los demás se quedan con el plato vacío. Y a veces, la mejor forma de exigir respeto es cumplir las reglas al pie de la letra… aunque a los jefes no les guste.
¿Y tú, qué harías?
¿Te ha tocado vivir algo similar en tu trabajo? ¿Qué opinas de la estrategia de nuestra contadora? ¿Te animarías a aplicar un “cumplimiento malicioso” para que tu jefe aprenda la lección?
Déjanos tus anécdotas y opiniones en los comentarios. Y recuerda: en la oficina, como en la vida, a veces hay que ponerle sabor al caldo para que no se lo lleven todo los jefes.
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