Cuando el hotel se convierte en antro: la noche en que fui el “policía de la diversión”
¿Quién no ha sentido esa emoción de hospedarse en un hotel, aunque sea solo por una noche? Para muchos, es sinónimo de relajarse, disfrutar y, claro, echar la fiesta con los amigos o la familia. Pero, ¿qué pasa cuando la diversión de unos empieza a ser el insomnio y la pesadilla de otros? Te cuento una historia de esas que solo pueden pasar trabajando en la recepción de un hotel… y sí, terminé siendo el temido “policía de la diversión”.
Un sábado de locura: cuando la recepción se vuelve pista de baile
Todo comenzó un sábado por la noche, de esos en los que el hotel está a reventar. Ya de por sí había ambiente de fiesta: una boda en el salón de eventos, música colándose por los pasillos y el lobby lleno de huéspedes y familias deportivas que venían a algún torneo. Quienes han trabajado en hotelería en Latinoamérica saben que cuando llegan grupos deportivos, ¡prepárate para la intensidad!
Esa noche, la zona común del hotel, lo más parecido a un “espacio comunitario” fuera del restaurante, se transformó en punto de encuentro. Al principio, solo era el típico murmullo animado, risas y pláticas que rebotaban por las paredes y llegaban a la recepción como eco de estadio. Pero la situación se salió de control cuando, de la nada, a uno de los papás se le ocurrió sacar una bocina Bluetooth, de esas grandotas que parecen salidas de los ochentas. ¡Boom! DJ improvisado y, segundos después, comenzó la fiesta.
Primero, con un poco de disimulo, el “DJ” soltaba fragmentos de canciones, como si no quisiera que lo cacharan. Pero en cuestión de minutos, la cosa escaló a karaoke grupal: decenas de personas cantando a todo pulmón, como si estuvieran en un antro de la Zona Rosa o en el Auditorio Nacional. El lobby vibraba, y yo no escuchaba ni el teléfono ni a mi compañero de trabajo al lado. Era el caos total.
El difícil arte de poner orden… sin arruinar la fiesta
En ese momento, no quedó de otra que llamar a seguridad y lanzarme de lleno al ruedo. Con voz firme —y la paciencia al límite— solté el clásico: “¡Esto se acabó YA! ¡Apaguen la música!”. El DJ obedeció, algunos se rieron nerviosos, otros decían “¡Te dijimos que lo apagaras!”. Yo solo les lancé una mirada seria, de esas que hasta las mamás latinas temen, y me regresé al mostrador.
Uno pensaría que ahí terminó el relajo, pero, ¡ja! Como diría el narrador de Bob Esponja: “¡ERROR!”. Minutos después, la multitud retomó la fiesta, solo que esta vez a capela. Sin bocina, pero igual de ruidosos. ¿Qué les puedo decir? Parecía flashmob de telenovela: todos cantando sin pena, como si estuvieran en pleno festejo del 15 de septiembre.
No quedó de otra: regresé, apagué las luces y, con voz de autoridad, ordené: “¡Se acabó! ¡A sus cuartos!”. Fue como echarle Raid a una plaga; todos salieron disparados, algunos con cara de pocos amigos, otros discutiendo si irse al bar o al estacionamiento. Por suerte, no hubo necesidad de llamar a la policía, pero, créanme, la opción estaba sobre la mesa.
Un comentarista en Reddit lo resumió perfecto: “Señor, esto es un hotel, no un resort”. Y es que, aunque muchos confunden el lobby con una playa de Cancún, hay reglas y, sobre todo, respeto por los demás huéspedes. Como decimos aquí: “El respeto al descanso ajeno es la paz”.
El eterno dilema: ¿diversión o consideración?
La historia resonó entre quienes han trabajado en hoteles en toda Latinoamérica. Hay quien se ríe y hay quien empatiza. Un usuario comentó que una vez, tras un torneo de softbol, el hotel parecía una pijamada de adultos borrachos, con papás pidiendo al bartender que les abriera las botellas. Otro recordó un motel cerca de Hershey Park que parecía fiesta de barrio, con asadores, bocinas y hasta un carrito de supermercado (que, sorpresa, resultó ser el carrito de limpieza).
Pero no todo es caos: otros reconocen el esfuerzo del personal por mantener la calma. “El staff hizo un gran trabajo manteniendo el control”, dijo un huésped, y no puedo estar más de acuerdo. Trabajar de noche en un hotel es como ser árbitro de partido de fútbol: si haces bien tu chamba, nadie te aplaude, pero si te equivocas, todos te pitan.
Lo más curioso es cómo los huéspedes buscan “cumplir” con las reglas, pero solo para encontrar la siguiente forma de romperlas. Apagas la música, te hacen karaoke sin bocina; apagas las luces, buscan dónde más seguir la fiesta. ¡Creatividad no les falta!
¿Y tú, qué harías en mi lugar?
Ser “el policía de la diversión” nunca es el papel favorito de nadie, pero, a veces, no queda de otra. Después de esa noche, entendí que el equilibrio entre diversión y respeto es más frágil de lo que parece. Como bien dijo un usuario: “No hay descanso para los malvados, ni para los cansados”.
Así que la próxima vez que te hospedes con amigos o familia, recuerda: puedes divertirte, pero sin convertir el hotel en discoteca. Hay más huéspedes, y todos merecen dormir tranquilos.
¿Tienes alguna anécdota similar? ¿Has sido testigo o víctima de una fiesta descontrolada en un hotel? ¡Cuéntamela en los comentarios! Aquí, como en la recepción, siempre hay espacio para una buena historia.
Publicación Original en Reddit: Guess I'm the 'fun police'