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Cuando el formador dice “hasta aquí llegué”: la dulce venganza de un empleado harto

Entrenador impartiendo un taller en el sector público, reflexionando sobre desafíos laborales.
Una representación fotorealista de un entrenador comprometido liderando un taller, simbolizando la resiliencia y las complejidades de la dinámica laboral en el sector público. Esta imagen captura la esencia de enfrentar desafíos mientras se busca reconocimiento y respeto.

¿Quién no ha sentido alguna vez que la paciencia se le acaba en el trabajo? En América Latina, donde el aguante es casi deporte nacional y la diplomacia se practica hasta con el vecino ruidoso, hay situaciones que simplemente nos sacan de quicio. Hoy te traigo una historia que podría ocurrir en cualquier oficina pública de la región: la de un trabajador que, cansado de la falta de respeto y del típico “aguántate, tú puedes”, decidió aplicar la venganza más sabrosa y sutil.

El arte de entrenar a quien no quiere ser entrenado

Imagina que llevas años poniendo el hombro en la oficina, que aunque no te pagan lo mismo que a los formadores oficiales, siempre te toca sacar adelante las capacitaciones porque eres el que más sabe. Eso le pasó a nuestro protagonista —llamémosle Juanca—, quien, con la mejor voluntad, aceptó entrenar a un grupo de nuevos empleados después de una reestructuración. La primera tanda fue un sueño: atentos, participativos, con ganas de aprender. Pero el segundo grupo... ¡ay, papá! Parecía salida de una preparatoria en huelga: llegadas tarde, celulares bajo la mesa, conversaciones fuera de lugar y hasta discusiones airadas con el propio formador.

Juanca, como buen latino, intentó aguantar. Habló con su jefe, quien le soltó el clásico “son jóvenes, tú sigue, vas bien”. Si te suena a frase típica de jefe que nunca se mete a fondo, no eres el único. En los comentarios, varios usuarios compartían experiencias similares: “En mi trabajo, si llegabas tarde, la puerta se cerraba y te tocaba explicar al director por qué fallaste”, contaba un usuario, mientras otro recordaba con nostalgia a aquel profesor que cerraba el salón y dejaba a los rezagados afuera, “con cara de perro mojado”.

Cuando la gota derrama el vaso (y los papeles vuelan)

Pero como dice el dicho: “tanto va el cántaro al agua, hasta que se rompe”. Luego de una semana de infierno, Juanca explotó. Cuando dos aprendices lo desafiaron en plena clase, se le salió el barrio: les gritó que él era el formador y, para rematar el drama, tiró los materiales al suelo con un estruendoso “¡pum!”. Sí, no fue su mejor momento, pero ¿quién no ha soñado con hacer algo así alguna vez?

Por supuesto, los aprendices, ofendidísimos, fueron corriendo a quejarse con el jefe. Y ahí empezó la pesadilla burocrática: investigación por “mala conducta”, amenazas veladas de despido, jefes que ni escuchaban su versión y, lo más irritante, cero apoyo de quienes deberían haber puesto orden desde el principio. Como bien decía una comentarista: “¿En qué mundo es aceptable llegar tarde a una capacitación? ¿Contrataron a niños de secundaria o qué?”.

El dulce sabor de la venganza pasiva

Pero aquí es donde la historia se pone buena y latinoamericana. Cuando los jefes, después de todo el circo, quisieron volver a pedirle el favor de entrenar a nuevos empleados, Juanca les regaló una sonrisa digna de telenovela y les soltó: “Yo no soy formador. Busquen a alguien de un grado superior”. ¡Sas! Ni un discurso, ni un berrinche: puro arte de la venganza pasiva. La cara de la jefa, cuentan, fue “un poema”.

El resultado fue digno de una comedia de oficina: tuvieron que traer a un formador de otra área, todo se retrasó, los errores se multiplicaron y los reclamos no se hicieron esperar. Como diría cualquier abuelita latina: “El que mal anda, mal acaba”. Los jefes aprendieron, a la mala, que no se puede tratar como trapo viejo a quien te saca las papas del fuego.

¿Y la moraleja? Respeta a quien sabe

Entre los comentarios de la historia, abundan las frases de sabiduría popular: que si hay que dejar que los flojos se queden atrás, que el respeto se gana y que, en última instancia, no estamos para andar de niñeras de adultos. Alguien resumió perfecto el sentir general: “Trataron al formador como basura y luego se sorprendieron cuando la basura no se recogió sola”.

Este cuento, aunque lleno de humor y drama, deja una enseñanza válida para cualquier oficina en Latinoamérica: el respeto y el reconocimiento valen más que mil discursos motivacionales. Y si la paciencia de los buenos se agota, ni San Judas Tadeo los salva de un buen karma.

¿Tú qué habrías hecho en el lugar de Juanca? ¿Te ha pasado algo parecido en tu trabajo? Cuéntanos tu historia en los comentarios y no olvides: ¡A veces, decir “no” es el acto más revolucionario en la oficina!


Publicación Original en Reddit: Treat me badly, then expect me carry on as if nothing happened? Uh, ok...