Cuando el ego pide más toallas: crónica de una noche en la recepción de hotel
Trabajar de noche en la recepción de un hotel puede sonar a un empleo tranquilo, casi romántico: luces bajas, el murmullo lejano de los huéspedes y la promesa de una noche sin sobresaltos. Pero la realidad, como diría cualquier recepcionista experimentado, suele ser más parecida a una película de terror… de bajo presupuesto, pero con protagonistas inolvidables. ¿Quién no ha escuchado historias de huéspedes con aires de grandeza, esos que creen que el hotel es su reino y el personal, sus súbditos?
Hoy les traigo una de esas anécdotas que se leen en foros y uno piensa: “Eso jamás me pasaría a mí”. Spoiler: sí pasa, y mucho más seguido de lo que imaginan.
“Doctor” ante todo… aunque sea para pedir agua
La historia comienza como muchas otras en la recepción: con la llegada de un huésped que, desde el primer minuto, parece tener una nube de problemas (y exigencias) flotando sobre él. Apenas cruza la puerta, se presenta y exige ser llamado “Doctor”. No porque esté en un hospital, ni porque haya una emergencia médica, ¡sino porque simplemente le gusta que le reconozcan su título hasta para pedir una botella de agua!
En América Latina, aunque el respeto por los títulos es común, lo cierto es que la mayoría de los doctores (de verdad) no andan por la vida exigiendo que todo el mundo los trate como si estuvieran en consulta. Como bien comentó un usuario en el foro: “Cualquier doctor que insiste en que le llamen así fuera de donde corresponde, es porque está compensando otra cosa”. Y vaya que el protagonista de esta historia parece estar compensando…
Toallas, aguas y la paciencia de Buda
No basta con la exigencia del título. El “Doctor” y su esposa empiezan a pedir, uno tras otro, favores y objetos: primero cuatro botellas de agua (cuando el límite es una), luego más toallas, luego más papel higiénico, y así sucesivamente. Pero lo curioso no es la cantidad, sino el modus operandi: nunca piden todo de una vez, sino por partes, obligando al recepcionista a ir y venir como si fuera un mandadero de lujo.
Aquí, cualquier latino reconocerá la clásica estrategia del “aprovechar el viaje”, pero estos huéspedes ni por eso: prefieren agotar a quien los atiende. Una usuaria del foro bromea: “¿Qué hacen con tantas toallas y papel higiénico en una sola noche? ¿Están montando un spa clandestino?”. La verdad, nunca se sabe, pero lo que sí queda claro es que el abuso del servicio tiene límites, y la paciencia humana también.
El auto, el letrero invisible y el ego del tamaño de un estadio
Como si todo esto fuera poco, el “Doctor” decide estacionar su auto justo frente a la puerta principal del hotel, bajo la marquesina, bloqueando la entrada. Cuando el recepcionista le llama para pedirle que mueva el auto (¡después de esperar una hora!), la respuesta es digna de telenovela: “¿Y por qué yo no puedo estacionar ahí, si no hay ningún letrero que lo prohíba?”.
En Latinoamérica, todos conocemos al típico vecino que se adueña de la banqueta “porque no hay letrero”. Es el mismo espíritu, pero con bata blanca. El recepcionista, que sí tiene permiso especial de la gerencia para estacionar ahí por seguridad (y porque debe dejar espacio a los huéspedes), trata de explicarle… pero el “Doctor” insiste en que, como no hay letrero, entonces no está prohibido. “No hay señal, entonces yo puedo”, repite, como si estuviera en un juego de niños.
Un comentarista del foro lo resume perfecto: “No expliques ni discutas. Si no mueve el auto, que se atenga a las consecuencias. Mañana necesitará un Uber para ir a sacar su carro del corralón”. Y sí, a veces, en el trabajo de recepción hay que ser más firme que amable.
Entre amenazas y anécdotas: el lado oscuro de la recepción
Lo que más sorprende de esta historia no son las exigencias ni el mal humor, sino la amenaza velada que el huésped lanza: “Terminarás en una camilla en mi hospital”. Una frase que en cualquier contexto sería inaceptable, pero que en el mundo del servicio al cliente parece ser parte del menú. Varios trabajadores del gremio comparten en el hilo experiencias similares: desde huéspedes que sacan armas por una botella de agua, hasta doctores que sólo usan su título para exigir privilegios y saltarse reglas.
Un usuario, con humor negro, lo dice así: “Los PhD que insisten en que les digan doctor fuera del laboratorio, siempre son los peores. El que pide que le digan Mark es el único que coopera”. Y es cierto: la humildad no se aprende en la universidad.
Epílogo: ¿Héroes anónimos?
Al final, la noche termina con el recepcionista refugiado en la oficina trasera, esperando que llegue el turno de día. Como tantos trabajadores nocturnos en hoteles de Latinoamérica, nuestro protagonista se lleva una historia más para contar, y la esperanza de que el próximo huésped valore más el trato humano que un título en la pared.
¿Y tú? ¿Te ha tocado atender a alguien así de especial? ¿Eres de los que piden todo de una vez o de los que hacen regresar al mesero mil veces? Cuéntanos tu anécdota, que de estas historias se aprende… y se sobrevive con risas.
¿Te gustó la historia? ¡Compártela y déjanos tus comentarios abajo! Porque si algo nos une en este lado del mundo, es saber que la paciencia del recepcionista latinoamericano es infinita… pero no gratuita.
Publicación Original en Reddit: 'But there's no sign saying I can't'