Cuando el dueño de tu motel revive a los clientes más tóxicos: Crónica de una locura en el desierto
Si pensabas que trabajar en un motel era aburrido, prepárate para conocer el verdadero circo que se vive en el desierto de Nuevo México. Un lugar donde la arena y los dramas nunca faltan, los huéspedes parecen salidos de una telenovela y el dueño… bueno, ese señor parece que disfruta invocar a los peores clientes solo para ver arder el mundo (y de paso, mi paciencia).
Esta es la historia de cómo casi pierdo la cordura porque, a pesar de todos mis esfuerzos por mantener el orden, el verdadero villano no es el huésped tóxico… ¡sino el dueño que no sabe decir “no”!
Bienvenidos al motel del caos (y las aguas termales)
Imagínate: 34 cuartos, tres propiedades externas y un patio central que ocupa toda una manzana. Estamos justo sobre un acuífero de aguas termales en el sur de Nuevo México. El paisaje: tierra, más tierra, alguna que otra cucaracha tamaño familiar y, como toque especial, cinco baños termales techados que atraen a todo tipo de personajes, desde hippies “sanadores de energía” hasta locales quemados por el sol y la vida.
Cuando llegué a administrar este motel hace tres años, aquello era una película de Pedro Infante mezclada con un episodio de La Rosa de Guadalupe: robos, cuartos convertidos en antros y huéspedes de larga estancia que trataban el lugar como si fuera su depa de toda la vida. Poco a poco logramos poner orden… pero hay algo que ni el mejor gerente latino puede arreglar: la terquedad del patrón.
La reina del drama: Marissa y el regreso de la pesadilla
Aquí entra Marissa, la jefa final de los clientes tóxicos. Si alguna vez te tocó una suegra que te hacía la vida imposible, multiplícalo por diez y agrégale un celular con cámara siempre lista para grabar cualquier “injusticia”. Esta mujer era capaz de reclamar porque la camarista no respetaba “su horario”, gritaba en la recepción como si estuviéramos en el Mercado de Sonora y exigía que el personal le moviera veinte cajas de basura acumulada como si fueran mudanceros.
¿No llegaba la camarista a las 9:30 en punto? Marissa armaba un escándalo que ni Doña Florinda con Don Ramón. Y lo peor: tenía el número personal del dueño y lo usaba para llorarle con historias de “abandono” cada vez que no se hacía su voluntad. Como decimos en Latinoamérica, “lloraba más que La Llorona en Día de Muertos”.
¿La gota que derramó el vaso? Un Thanksgiving con el hotel lleno, teléfonos sonando sin parar y Marissa grabándonos y gritando en el patio porque… ¡se le acabaron las pilas del control remoto! Hay que tener paciencia de santo para no correrla ahí mismo.
El patrón: entre la compasión y el caos
Y aquí está el verdadero plot twist: el dueño, un señor de 82 años, que no solo se traga cualquier cuento triste, sino que además piensa que “necesitamos el dinero” aunque eso signifique venderle el alma al diablo (o a Marissa, que es casi lo mismo). Un usuario de la comunidad lo resumió perfecto: “El dueño necesita dar un paso atrás y dejar que los demás gestionen. Para eso están, para administrar”.
Después de muchas peleas y lágrimas, logré que finalmente la vetáramos. Por primera vez en años, se respiraba paz… hasta que esta semana, el jefe decidió reabrirle las puertas, con descuento y todo. Como decimos en el rancho: “no tiene llenadera”.
Muchos en la comunidad no entendían cómo sigo aguantando: “Yo habría renunciado hace años”, decía uno. Pero la realidad en muchos pueblos de Latinoamérica es que, cuando tienes hijos y pocas oportunidades, te aferras a cualquier trabajo seguro, aunque sea un manicomio. Y, como admití en los comentarios, al menos me sobra material para reírme después y para soltar el famoso “te lo dije” cuando todo vuelve a explotar.
Un consejo recurrente de los lectores: “Cuando llegue Marissa, que todo lo atienda el jefe. Que aprenda en carne propia lo que es tratar con demonios”. Y así será: esta vez, si la señora hace de las suyas, que sea el patrón quien le cambie las pilas al control, le recoja las cajas y le aguante los gritos.
Reflexión final: ¿Hasta dónde aguanta uno por la chamba?
Esta historia no es solo de un motel perdido en el desierto, sino de miles de trabajadores en Latinoamérica que, por necesidad o costumbre, aprenden a lidiar con jefes testarudos y clientes tóxicos. A veces, como dijo un comentarista, hay que tener un pie afuera y buscar mejores oportunidades. Pero otras, uno elige quedarse, resistir y, con humor (y mucho café), sobrevivir un día más.
Por mi parte, seguiré luchando para que este motel, aunque parezca salido de una película del cine de oro, sea un poquito menos trágico cada día. Y si el patrón quiere invocar demonios, al menos que me avise para ir preparando la limpia.
¿Tú qué harías en mi lugar? ¿Te has topado con clientes imposibles o patrones que te sacan canas verdes? Cuéntame tu historia en los comentarios y, si tienes una receta infalible para alejar “Marissas”, ¡compártela, que aquí todos necesitamos un poco de ayuda!
Publicación Original en Reddit: The Owner Keeps Inviting the Motel Goblins Back (and I’m Losing My Sanity)