Cuando el doctorado no te salva: la tragicomedia de trabajar con un “Kevin” en la oficina
¿Alguna vez has conocido a alguien que, a pesar de tener todos los títulos del mundo, parece que no puede prender ni un microondas sin ayuda? Pues, agárrate, porque hoy te traigo el relato de “Kevin”, un colega con doctorado en epidemiología, que demostró que el papel aguanta todo… menos el sentido común digital. Si creías que los memes sobre el “licenciado que no sabe imprimir un PDF” eran exagerados, prepárate para reír (y llorar, un poquito) con esta historia digna de una telenovela de oficina.
El Doctorado, los monitores y el temido botón rojo
Kevin, un señor cercano a los 70 años, llegó a la oficina con el respeto que solo un PhD puede imponer en Latinoamérica. Pero ese respeto se fue desmoronando más rápido que una computadora con virus cuando empezó a mostrar sus “habilidades” tecnológicas. Durante las juntas virtuales, Kevin siempre gritaba: “¡Perdón por hablar tan fuerte, es que mi computadora está muy lejos!”. Claro, esto a pesar de que la empresa nos daba audífonos y monitores para hacer la vida más fácil. Nadie entendía por qué el hombre armaba su setup como si estuviera jugando a la lotería, con la laptop en una esquina, los audífonos colgando y el monitor de adorno.
En las capacitaciones, Kevin era ese compañero que pregunta todo, incluso lo que acabábamos de explicar hace cinco minutos. Pero lo más surrealista fue cuando le pidieron compartir pantalla: ¡tenía más de 50 pestañas abiertas en el navegador, varias de la misma página! El caos digital era tan grande que parecía el WhatsApp de la tía en Navidad. Cuando le pidieron cerrar las pestañas, no sabía cómo hacerlo. Le explicaron que debía dar clic en la “X” roja… y tuvo que buscarla como quien busca una aguja en un pajar. Esto pasó no una, sino varias veces. Dicen que el que persevera alcanza, pero en este caso, ni con GPS encontró la “X”.
¿Falta de ganas, o algo más? El debate de la comunidad
Aquí es donde la historia se pone interesante, porque la comunidad de Reddit se dividió en dos bandos, como pelea de barrio: unos decían que era terquedad, otros sospechaban de un problema más serio. Un usuario comentó: “Tal vez Kevin está en declive cognitivo. Muchos de esa edad nunca se adaptaron a la tecnología y ahora, simplemente, no pueden”. Y no es raro escuchar en Latinoamérica frases como “a mi edad ya no aprendo esas cosas”, cuando un adulto mayor se enfrenta a un celular nuevo.
Sin embargo, otros, como el propio narrador, decían: “No hay excusa. Mi abuelo era ingeniero eléctrico, murió a los 90 y programaba en C++. Si él pudo, cualquiera puede”. Y es verdad, en muchos hogares latinos vemos abuelitas que dominan el WhatsApp, el Facebook y hasta TikTok, mientras otros de la misma generación no saben ni prender la tele sin el nieto. ¿Será cosa de actitud, necesidad o simplemente de que algunos nunca le entraron al cambio?
Otros usuarios aportaron anécdotas de sus propios “Kevins”: profesores universitarios que, a pesar de dirigir investigaciones complejas, necesitan instrucciones paso a paso para llegar a una sala de reuniones, o ingenieros que operan software carísimo pero no entienden cómo funcionan las carpetas en Windows. Como dijo uno: “No es que no puedan, es que nunca tuvieron que aprender y ya no quieren batallar”.
La paciencia de los compañeros y el arte de decir “no puedo” con elegancia
En Latinoamérica, el trabajo en equipo es casi un deporte nacional, pero hasta la paciencia tiene límites. Kevin no solo olvidaba lo aprendido, sino que negaba haber recibido capacitaciones, como si el registro de asistencia fuera un mito urbano. Una compañera, que ya lo había entrenado antes, se negó a hacerlo de nuevo y le dijo a Recursos Humanos, con diplomacia digna de embajadora: “Lamento no poder entrenar a Kevin, ya que mi estilo de enseñanza no resuena con su capacidad de aprendizaje”. Si eso no es una manera elegante de decir “yo con ese señor no me meto otra vez”, no sé qué lo sea.
Por supuesto, muchos nos preguntamos cómo alguien así consigue y mantiene empleos tan importantes. Algunos creen que la necesidad económica pesa más que la dignidad; otros, que simplemente nadie se atrevía a decirle la verdad a Kevin. Al final, fue despedido después de tres meses, pero no tardó en encontrar otro trabajo (¡pobre la próxima compañera!).
Reflexión final: ¿Todos llevamos un Kevin dentro?
Esta historia, aunque divertida, también nos deja pensando. En el fondo, todos tenemos un poco de Kevin cuando la tecnología nos rebasa, cuando preferimos pedir ayuda en vez de intentar aprender algo nuevo, o cuando el miedo a equivocarnos nos paraliza. Quizá la lección es que, en una oficina latinoamericana, lo que más vale no es el título, sino la disposición a reírnos de nosotros mismos, a aprender y, sobre todo, a no ser el “Kevin” del equipo.
¿Y tú? ¿Has conocido a un Kevin en tu trabajo? ¿O alguna vez sentiste que el mundo digital va más rápido que tú? Cuéntanos en los comentarios, ¡y comparte esta historia con ese amigo que sigue preguntando cómo adjuntar un archivo!
Publicación Original en Reddit: Kevin might have a PhD, but he can't actually do anything