Cuando el cliente te lanza la clásica risa forzada de tienda: ¡Karma en el mostrador!
Si alguna vez has trabajado en atención al cliente o ventas, seguro sabes de lo que hablo cuando menciono la “risa de tienda”. Esa sonrisa que ni los músculos de la cara quieren hacer y la carcajada fingida que sale casi por reflejo, especialmente cuando escuchas por milésima vez el chiste de “Si no marca, ¡debe ser gratis!”. ¿Quién no ha pasado por eso? Pero lo que nunca pensé es que algún día la vida me pondría en el otro lado: ¡me tocó recibir esa risa forzada de un cliente!
La vuelta inesperada: del mostrador al cliente
Todo comenzó como un día normal en la caja de autoservicio. Me tocó supervisar que todo fluyera bien, hasta que un señor ya entrado en años se acercó a pagar unas cervezas. Como dicta el procedimiento, la caja pidió verificación de edad. Así que, con la mejor onda y queriendo romper el hielo, le solté el clásico: “¿Trae su identificación, joven?”. Esperando quizá una sonrisa o una broma de vuelta, lo que recibí fue una risa tan falsa como billete de tres pesos, acompañada de la legendaria “sonrisa de tienda”: esa que te da un cliente cuando está siendo amable, pero en el fondo solo quiere irse rápido.
En ese momento, me cayó el veinte: ¡me tocó probar mi propia medicina! Y ¿saben qué? Se sintió raro, pero también refrescante. El señor no fue grosero ni nada, solo siguió el juego, como todos hacemos cuando nos toca el papel de empleados de tienda. ¡Hasta me dieron ganas de aplaudirle!
El humor en el trabajo: ¿bendición o maldición?
No puedo evitar reírme de cómo, sin importar el país, todos los que atienden al público tenemos que lidiar con los mismos chistes gastados. En Latinoamérica tenemos nuestros propios clásicos: el típico “¿Y si pago al contado, me hace descuento?” o el infaltable “Si me lo llevo sin bolsa, ¿me lo regala?”. Es parte del folclore de trabajar de cara a la gente. Un usuario comentó algo que me hizo reír: “Mis favoritos son los chistes de papá (Dad jokes). Si alguien pregunta por el baño, yo les digo: ‘No, aquí solo tenemos las macetas de afuera’”. ¿Quién no ha escuchado cosas parecidas en México, Argentina, Colombia o cualquier otro país de habla hispana?
Pero ojo, no todo mundo lo toma igual. Otro comentó que cuando le decían “¡Debe ser gratis entonces!”, respondía serio: “Le cobro el doble por hacer ese chiste”, mirándolo fijamente. En mi experiencia, hay días en que el humor salva el turno y otros en los que solo quieres salir corriendo. Sin embargo, hasta los clientes a veces se cansan de esos chistes. Como dijo un colega en el foro: “Si puedes escribir cómo suena mi risa, seguro no me dio gracia”.
El otro lado de la moneda: empatía y rituales compartidos
Lo más curioso de esta anécdota es que, al recibir la famosa risa forzada, me di cuenta de que no solo los empleados la usamos; los clientes también se ven atrapados en ese ritual incómodo. Es como ese “buenas tardes” automático al entrar a una tienda, o el “que le vaya bien” que decimos aunque estemos agotados. A veces, solo queremos evitar el silencio incómodo o demostrar que, a pesar de todo, seguimos siendo humanos.
Una usuaria señaló algo muy cierto: “Cuando el cliente te responde con esa energía, se siente diferente. Te recuerda que no todo es automático, que hay momentos de complicidad, aunque sean fugaces”. Otro agregó: “Pensé que solo los cajeros recibían la risa forzada, pero ese señor fue todo un tipazo por devolver el gesto. Hace falta más gente así en este mundo de tiendas”.
Incluso surgieron reflexiones sobre la importancia de cumplir con los protocolos, pero siempre con respeto y un toque de humanidad. Un usuario de Canadá contaba que allá, las cajas no siguen con la venta si no se introduce la fecha de nacimiento del cliente, aunque tenga más canas que un abuelo. Y, claro, los chistes cruzan fronteras: en algunos lugares, si no tienes identificación, no hay venta, ni aunque seas el doble de viejo que el encargado.
¿Por qué seguimos fingiendo risas?
Más allá de la broma y la rutina, la “risa de tienda” es casi un idioma universal. Es nuestra manera de decir: “Sé que esto es incómodo, pero sigamos con la vida”. Como decimos en México, “al mal paso, darle prisa”, y si de paso podemos sacar una sonrisa auténtica, aunque sea pequeña, ya ganamos algo ese día.
Y tú, ¿has estado de los dos lados del mostrador? ¿Cuál ha sido el peor chiste que te han contado atendiendo al público? O mejor aún, ¿qué risa forzada has tenido que poner para sobrevivir el turno? Cuéntanos tu anécdota y sigamos compartiendo este extraño pero entrañable universo del retail. Porque al final, todos somos clientes y todos podemos ser empleados, aunque sea por un día… o una carcajada fingida.
¿Y tú, te animas a devolver la próxima risa de tienda?
Publicación Original en Reddit: I got given the 'retail laugh' by a customer.