Crónicas de fábrica: Sobrevivir trabajando con un 'Kevin' latinoamericano
Todos tenemos ese compañero de trabajo que parece vivir en otro planeta. A veces es el que nunca entiende los chistes, el que llega tarde todos los días o el que, por alguna razón, sobrevive a todo tipo de metidas de pata sin que lo despidan. Pero lo que viví trabajando con “Kevin” en la fábrica es digno de una telenovela… o mejor, de una comedia de enredos al estilo latinoamericano.
La historia de Kevin no es solo una recopilación de anécdotas graciosas: es la prueba viviente de que la realidad supera a la ficción. Si alguna vez pensaste que tu compañero distraído era un caso perdido, prepárate, porque lo que vas a leer hará que hasta el más despistado de tu oficina te parezca un genio.
El origen de un Kevin: Entre sotanas, soldaduras y preguntas absurdas
Kevin, así lo llamaremos (porque si te llamas Kevin, ¡no te ofendas, todos llevamos un Kevin dentro!), lleva un año más que yo en la fábrica, pero eso no significa que sepa más. De hecho, desde el primer día que llegué, me preguntó algo que me dejó congelado: “¿Qué es un furry?” Imagínate, yo estudié teatro y llegué a la soldadura por azares de la vida, y este compadre creyó que había una conexión mística entre el teatro universitario y los disfraces peludos. Hasta hoy sigo pensando cuál será el hilo negro que encontró.
Kevin no empezó en la soldadura. Resulta que antes quería ser sacerdote católico. Nada en contra, pero… ¿qué lo llevó de la sotana al casco de soldador? En México diríamos: “algo grave debió pasar en el seminario”.
Entre lo paranormal, la ignorancia y la paciencia (que ya no tengo)
No hay día tranquilo con Kevin. Un ejemplo: yo trabajé en una casa del terror y les conté a los compañeros sobre un personaje satánico que hacía de sacerdote con acento de predicador gringo, cruz de ceniza invertida y todo el show. Kevin casi se desmaya y me advirtió que me iba a tentar al satanismo si seguía con ese personaje. Por más que le explicamos que era pura actuación, para él era el mismísimo Diablo. Aquí, uno de los comentarios más votados del post original lo resume perfecto: “Estoy atónito” (o en buen mexicano, “¡no manches!”).
En la fábrica, el ruido es infernal: máquinas, motores, gente gritando. Por eso, todos hablamos fuerte para que se nos entienda, menos Kevin. Él, aunque le expliques 20 veces que hable más fuerte, siempre responde en susurros. Cinco años pidiéndole lo mismo y nada. Hay días en los que prefiero pedirle a la Virgen de Guadalupe que me ayude a entenderlo.
Y ni hablar de sus llegadas tarde. Vivo a media hora y llego puntual, él vive a diez minutos y siempre entra corriendo… solo para luego desaparecer misteriosamente ¡diez minutos más! ¿Está meditando en el carro? ¿Reza antes de soldar? Nadie sabe. Uno de los comentarios de la comunidad lo explica con humor: “No le preguntes nada porque igual ni lo vas a escuchar”.
De lo absurdo a lo indignante: Cuando el sentido común brilla por su ausencia
Kevin ha sobrevivido a todo: llega tarde, usa materiales equivocados, se inventa pasos, entrega trabajos tarde, y aún así, sigue en la nómina. El jefe dice que habría que “matar a alguien para que te corran”. Bueno, que no le dé ideas a Kevin.
Pero donde la cosa se pone fea es en temas sociales. Kevin, siendo blanco y rodeado de compañeros afrolatinos, no entendía por qué está mal hacer blackface y lo comentó como si nada. Cuando intentamos explicarle, no captó. Yo, con mi título de teatro que finalmente sirvió para algo, le di una clase exprés de historia de las representaciones racistas. Resultado: “es solo un personaje”. Pero si es satánico, eso sí que no.
Las preguntas incómodas son el pan de cada día. Soy bisexual y, para Kevin, eso automáticamente me convierte en “promiscuo”. Lo dice como quien afirma que el cielo es azul. Tuve que sentarlo y advertirle: “Sigue diciendo eso y voy con Recursos Humanos”. Funcionó. Pero no aprendió del todo: un día, llevé una gorra con la bandera LGBT y bromeé que era “gay porque tiene arcoíris”. Kevin, confundidísimo: “¿Cómo una gorra puede ser gay si no tiene sexo?” Quiso debatirlo en serio. Yo solo me alejé lentamente.
El colmo: Pandemia, teorías conspirativas y el dolor ajeno
Durante la pandemia, la fábrica exigía cubrebocas. Yo, con riesgo médico, le pedía a Kevin que usara mascarilla si entraba a mi puesto. La mitad de las veces se le olvidaba, o la traía colgando. Pero lo peor fue cuando conté que un amigo de la familia, sobreviviente de doble trasplante de pulmón y veterano, falleció por COVID. Kevin, sin inmutarse, soltó: “Fue la vacuna, no el COVID”. Tuve que contenerme para no explotar. Al día siguiente, llegó con supuestas “pruebas” impresas de páginas antivacunas. Como dijo un usuario del foro: “La estupidez de los Kevins nunca deja de sorprenderme”.
Y por si fuera poco, cuando uno le pregunta algo que se responde con sí o no, te suelta un discurso eterno… en murmullos. Si quieres entenderlo, tienes que esperar a que termine, pedirle que repita, y rezar para que esta vez articule.
Reflexión final: Todos llevamos un Kevin cerca (o dentro)
Quienes trabajamos en fábricas, oficinas o cualquier lugar en Latinoamérica sabemos que la paciencia es virtud de santos. El Kevin de mi historia es un personaje más de nuestra tragicomedia laboral, y aunque a veces me saca canas verdes, también me regala anécdotas para el cafecito o la cerveza después del turno.
¿Tienes un Kevin en tu vida? ¿Qué locuras ha hecho? Cuéntame en los comentarios, porque en este rincón todos los Kevins son bienvenidos… mientras no interrumpan un soldado en plena labor para preguntar si prefieres pelear con un oso del tamaño de una gallina o una gallina del tamaño de un oso (¡la respuesta obvia es el oso pequeño, por cierto!).
Nos leemos en la próxima historia de fábrica, donde la realidad siempre supera a la ficción.
Publicación Original en Reddit: I Work With A Kevin